Hace tres días se puso a la venta Anthem, el título con el que EA y Bioware esperaban volver a una senda del éxito que les queda ya demasiado lejos. El título, que copia de manera descarada a Destiny en demasiados aspectos como para no dejarlo bien claro desde el principio, y que lleva cinco años en un horno de demasiadas influencias y tejemanejes burocráticos, ha sumido al primer equipo de Bioware, el responsable de la trilogía original de Mass Effect, en una especie de trance del que estará saliendo ahora mismo, a golpe de malas críticas en todas partes: millones de bugs, servidores que no funcionan, tiempos de carga injustificables, parches que solo empeoran las cosas, errores clamorosos de diseño, pésima optimización, pobreza de contenido… El batacazo de Anthem será recordado como uno de los hitos negativos de esta generación.

Me resulta sorprendente que una compañía como EA haya dado luz verde al juego en semejante estado. Ellos debían saber que Anthem estaba muy, muy lejos de estar en condiciones de lanzarse. Harían falta meses (por no decir años) y mucho trabajo para poder reparar los errores formales del juego, pero lo más grave son esas decisiones de diseño donde se nota que en el desarrollo han ido entrando y saliendo ideas con demasiada alegría. Bioware tampoco está libre de pecado: tras el fracaso inapelable de Mass Effect Andromeda la compañía se lo jugaba todo a esta carta, y no ha estado a la altura. De aquella empresa que nos dejó tantos sueños galácticos en la pasada generación, es evidente que ya no queda ni rastro.

Por mucho que se hayan anunciado toneladas de DLC gratuitos, que entiendo que obedece a una campaña desesperada de control de daños al estilo de la de Battlefront 2, creo que el daño que ha sufrido el título en cuestiones de imagen es irreversible. Sé que muchos pensaréis que algo similar les ocurrió a casos tan notables como Final Fantasy XIV, Street Fighter V o el propio Destiny, que salieron en unas condiciones lamentables pero se han ido convirtiendo, con los años, en títulos bastante apreciables. A todos ellos jugué yo el día de su lanzamiento; a ninguno quise volver tiempo después, decepcionado como estaba con empresa como Capcom, DICE, Square-Enix o Bungie, en otro tiempo dignas de mi confianza.

Evidentemente que Anthem tiene algunas virtudes, especialmente jugables, como no podía ser menos viniendo de un triple A donde hay invertido, no lo olvidemos, muchísimo dinero y un equipo de profesionales de primer nivel internacional. No obstante, es igual de evidente que aquí ha habido un calendario que no se ha sabido manejar, así como un desarrollo donde las influencias han terminado por contaminar la personalidad de un juego que ahora es imposible ver por ningún lado.

Y es que Anthem es, en definitiva, lo mismo que llevamos jugando toda la generación, shooters looters por equipos en mundos online masivos donde lo único que hay que hacer es mejorar armas y nivel de personaje, a base de repetitivas incursiones para destruir enemigos, llevar objetos o resistir oleadas de adversarios en un tiempo límite. No aporta nada, ni a nivel jugable ni técnico, por más que el combate sea divertido y la sensación de volar a lo Iron Man esté realmente conseguida. Más allá de eso Anthem es un juego pobre, vacío e insulso que no es capaz de colmar las razonables expectativas de un tráiler que, visto a día de hoy, tiene un upgrade que da vergüenza ajena (algo a lo que, por desgracia, también nos hemos acostumbrado).

Los palos de la crítica son indiscutibles, incluso los de aquella que está siempre bajo la duda de la influencia ajena. No sé bien qué estará pasando ahora mismo por la cabeza de los responsables del juego y de su distribución, pero yo desde luego me lo haría mirar de cara a un futuro que se adivina más negro de lo que muchos quieren reconocer. Tras los discutibles Dragon Age Inquisition (intergeneracional) y Mass Effect Andromeda, el bagaje al que se une este disparatado, inacabado y soso Anthem, confirma que definitivamente, esta no ha sido una buena generación para una compañía acostumbrada a la excelencia. Qué lástima.