Ahora que acaba de hacerse pública la escalofriante cifra de ventas de GTA V en apenas dos días (800 millones de dólares, casi 600 millones de euros), y después de que la práctica totalidad de los medios de comunicación especializados nacionales e internacionales le hayan otorgado puntuaciones que oscilan entre el 98 y el 100 (el juego tiene una media de 98 en metacritic, un escándalo), nos gustaría hacer una pequeña reflexión que no tiene que ver directamente con el juego en sí, al que pronto esperamos hincarle el diente para comentaros nuestras impresiones.

En la mayoría de análisis que hemos consultado, y han sido unos cuantos, nos hemos dado cuenta de una molesta coletilla que prácticamente nadie puede evitar, y es la comparación con GTA IV, su antecesor en el podio de juego perfecto, mejor juego de la historia o como quiera llamarse esa categoría que parece dedicada en exclusiva a esta saga desde hace más de una década. Esta coletilla, con ligeras variantes, tiende a repetir una serie de argumentos donde se destaca una cualidad de la quinta parte comparándola con la cuarta, y que se podría resumir en los siguientes puntos:

  • Un apartado gráfico sin apenas fallos de popping, clipping o baile de texturas y elementos distantes en la distancia de dibujado, que entorpecía en ocasiones la experiencia de GTA IV.
  • Un trabajo espectacular en el modelado facial de los personajes, que ahora al fin parecen tener vida propia y no ser un poco monigotes inexpresivos, como pasaba en GTA IV con la mayor parte del elenco.
  • Un sistema de coberturas y disparos realmente mejorado, gracias al trabajo del estudio con Max Payne 3, donde el único objetivo era liarse a balazos contra todo lo que se moviera, que deja en pañales la confusa y farragosa acción de GTA IV, especialmente en espacios cerrados, con cámaras bailonas y un sistema de apuntado tan defectuoso como poco efectivo.
  • Una variedad de misiones que no se limita a ir de A a B para matar a C, con ligerísimas variantes, como sí ocurría constantemente en la cuarta entrega.
  • Un sistema de salvado automático al inicio de cada misión que evita, como sucedía en GTA IV, que tuvieras que hacer interminables paseos hasta el punto de inicio de misión si te mataban.
  • Un apartado de conducción que, aun siendo espectacular, aboga por un mayor realismo en situaciones frenéticas, dejando muy, muy atrás ese efecto de difuminado en el que uno apenas podía controlar nada si aceleraba demasiado en GTA IV.
  • Un sentido del humor que se había perdido en la cuarta entrega, con personajes que, ahora sí, tienen el carisma y la gracia que le faltaba por todas partes a Niko Belic y sus circunstancias.
  • Una ciudad que al fin parece viva, con NPC’s que interactúan con el entorno con un claro efecto de elementos imprevisibles, frente a la rutina cansina de la inteligencia artificial de un GTA IV que daba más la impresión de ser más «decorado».

Vaya por delante que entendemos que buena parte de estas mejoras obedecen, evidentemente, a los cinco años que separan una y otra entrega. En todo este tiempo Rockstar ha podido comprobar los límites de una Xbox 360 y una PS3 que ha exprimido hasta la última gota, y está claro que la experiencia de juegos como el ya mencionado Max Payne 3 o Red Dead Redemption habrá influido notablemente en las mecánicas del que se plantea ahora mismo como sandbox definitivo de esta generación y cuantas la han precedido. Hasta ahí, ningún problema.

Ahora bien, si mal no recordamos, muy poco de esto se dijo en los también perfectos e inmaculados análisis que en su momento se hicieron sobre GTA IV. Nosotros nos percatamos de muchos de estos fallos cuando lo jugamos hace meses, para un análisis que finalmente terminamos cancelando porque nos cansamos de un juego que no tenía tanto que ofrecernos como se nos había vendido. Mirando de nuevo los análisis de 2008, en ningún momento se habla de mecánicas defectuosas o de carencias de ninguna clase, sino antes al contrario, se alababan hasta el infinito y más allá, un poco al modo de lo que se está haciendo ahora. Si tanta diferencia, si tanto abismo existe entre la cuarta y la quinta entrega, si tan defectuoso era GTA IV, ¿por qué nadie lo dijo en su momento? ¿Es que es solo ahora, mirándolo al espejo de su intachable quinto hermano, que nos damos cuenta de que el cuarto era cojo, bizco o manco?

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Nuestra duda no es cómo es posible que ambos sean considerados perfectos, que mucho nos tememos que nunca lo fueron, sino por qué narices nos tenemos que esperar la friolera de un lustro para saber DE VERDAD lo que los especialistas opinan realmente de un juego. ¿Qué pasa, que tenemos que esperar al análisis de GTA VI para saber cuáles son los fallos de la quinta entrega que acaba de salir ahora? ¿Sólo entonces habrá autorización de una compañía que se ha dejado millones en publicidad en esas mismas páginas que lo promocionan a bombo y platillo?

Seguramente GTA V será una barbaridad de juego, estará lleno de posibilidades y nos dejará con la boca abierta a cada paso que demos. Seguro. No obstante, estamos convencidos de que el juego no es perfecto (ninguno lo es), y que vamos a encontrar situaciones, mecánicas y aspectos a lo largo y ancho de semejante mundo virtual que no nos van a dejar satisfechos y mucho menos anonadados, que es como parece que está todo el mundo ahora mismo. Puede que sean fallos menores, seguro, que no empañen el magnífico resultado global, pero aun así nos gustaría saberlo. Creemos que tenemos derecho a conocerlos antes de comprar el juego. Y que estén así de emocionados los usuarios nos parece fenomenal, pero la crítica debería ser capaz de distanciarse de esa pasión del usuario medio para tener algo más de ojo y perspectiva para, precisamente, hacer lo que se espera de ella: separar el grano de la paja.

Lo que más nos entristece es que habremos de ser nosotros los que tengamos que descubrirlo, porque absolutamente nadie de los que deberían hacerlo nos avisará. A fin de cuentas, para ellos el juego es perfecto mucho antes de salir a la venta, y ya tendrán en breve a toda una legión de fanboys descerebrados para poner a caer de un burro a quien ose contradecir semejante dogma de fe. Y si no, al tiempo.

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