Allá por 1996, los videojuegos eran bastante diferentes a como son hoy en día. Puede que a algunos les cueste creerlo (o recordarlo, según las primaveras del lector), pero en aquellos años Nintendo era la gran dominadora del mercado, o lo había sido al menos hasta aquella época desde hacía más de 15 años. Sus consolas eran sinónimo de éxito indiscutible, de potencia técnica, de third parties arrastrándose, literalmente, por poder sacar sus juegos en sus catálogos… dicho hoy produce, como mínimo, un leve enarcamiento de cejas, pero lo cierto es que así era. Tanto NES como Super Nintendo habían arrasado, sin paliativos, en las generaciones de los 80 y primeros 90, por lo que la salida al mercado del nuevo sistema era previsto por muchos como el siguiente eslabón del éxito indiscutible de una compañía que parecía que solo sabía hacer bien las cosas, y que se aseguraba siempre las mejores colaboraciones para sus consolas.

Mucho se había hablado en aquellos años previos a la salida de la, por entonces, conocida como Ultra 64, de las tres dimensiones. Tras décadas de jugar a videojuegos en 2D, el futuro se vislumbraba en las nuevas máquinas arcade dirigidas por la (también entonces) exitosa Sega, juegos velocísimos de carreras o peleas de uno contra uno con unos gráficos poligonales que nos dejaban boquiabiertos. Jamás habíamos visto nada semejante a la visión que nos traían títulos como Virtua Fighter, por lo que estábamos deseando ver de qué eran capaces las nuevas consolas de sobremesa en este aspecto.

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Lo cierto es que la revolución llegó, pero no tanto como esperábamos. Tanto Saturn como Playstation eran consolas buenas, pero más capacitadas en realidad para mover gráficos en 2D que en 3D, aun con la ventaja de Sony respecto a Sega en este aspecto. Juegos como Ridge Racer, Battle Arena Toshinden o Tomb Raider eran excelentes, pero no alcanzaban las cotas que en realidad todos esperábamos. Aunque llegó con algo de retraso a aquella fiesta, lo cierto es que Nintendo dio un golpe de autoridad en la mesa, saltándose una generación a nivel técnico y poniendo a su fontanero más querido a asombrar a propios y extraños con Super Mario 64, una de las obras maestras más indiscutibles que ha dado el sector en toda su historia.

Si una consola cumplió lo prometido en aquellos años de pruebas, experimentos e incertidumbres, fue Nintendo 64. Se podrá discutir la cantidad de un catálogo donde la mayor parte de juegos importantes de compañías como Konami, Capcom, Square y un largo etcétera fueron para la competencia. Es cierto que varios géneros importantes quedaron muy desprotegidos, como el rol (con Final Fantasy VII, Vagrant Story y un inmenso etcétera en PSX), la lucha (Virtua Fighter 2 oTekken 3, por ejemplo) o la conducción (Gran Turismo o Sega Rally), algo que hizo daño, y mucho, al prestigio de una consola que, por primera vez en la historia, se quedaba huérfana de  grandes juegos.

Lo que no es posible discutir es que el top 10 de juegos de Nintendo 64 (y puede que algunos más) fue sencillamente insuperable en aquellos años. No hubo nada mejor que Super Mario 64 o Banjo Kazooie en las plataformas, Goldeneye 007 o Perfect Dark en los FPS, Ocarina of Time o Majora’s Mask en los action RPG, Mario Kart 64 o Starfox 64 en el arcade o International Superstar Soccer 64 en el género de fútbol, por poner solo algunos ejemplos. Cada vez que salía un juego triple A para esta consola todo el sector se giraba para ver un apartado técnico con el que nadie podía competir, mecánicas nuevas, ideas brillantes… Nintendo 64 fue la vanguardia del sector durante el periodo comprendido entre 1996 y 2000, el terreno donde realmente se podían explorar las posibilidades de un 3D que en generaciones posteriores heredaría los grandes logros obtenidos aquí.

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20 años después de su lanzamiento, la mención de Nintendo 64 remite necesariamente a los juegos ya citados y a los de la gran Second Party de aquella era, Rare, cuyo valor se multiplicó en aquel lustro y de cuyas rentas sigue viviendo una compañía que posteriores alianzas llevaron por caminos sin duda mucho menos exitosos. Los títulos lanzados por aquella compañía para el sistema, con joyas no tan mencionadas como deberían como son el caso de Blast Corps, Jet Force Gemini y, por supuesto, Conker’s Bad Fur Day, son esenciales para comprender el devenir posterior de la industria.

Al margen de su catálogo, Nintendo 64 introdujo también algunos conceptos esenciales, como el joystick en los mandos de control, que se ha convertido en el estándar de la industria (añadiendo un segundo, eso sí), las funciones de vibración para determinados momentos de tensión en los juegos o la idea de dejar campo abierto a futuras ampliaciones de hardware, como hizo el expansion pack y el fallido 64 DD. La consola también brilló por su concepto multijugador local para cuatro participantes, que deparó partidas memorables en títulos clave como Super Smash Bros, Mario Party o los ya citados Goldeneye 007, ISS y Mario Kart 64.

Por desgracia, ni toda la potencia del mundo, ni el peso de su compañía en la industria ni las obras maestras que cada año arrasaban como mejor juego del E3 lograron evitar que Nintendo 64 fracasara en ventas: 33 millones de consolas frente a las 105 de Playstation dicen muy claramente quién fue la vencedora de aquella generación. Nintendo se la pegó, y bien, por decisiones tan cuestionables como los cartuchos de alta capacidad, sus exigencias con determinadas compañías y la mala prensa que llevaba de años atrás, por su arrogancia y prepotencia. Puede que no fuera la debacle de Sega con su Saturn, pero desde luego siempre he creído que Nintendo 64 fue el principio del fin del dominio de esta compañía, el primer paso hacia un camino complejo donde ya nunca volvió a ser la compañía de referencia del sector, cetro que heredó y ha mantenido Sony mal que bien desde entonces.

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Temas de ventas y patinazos varios al margen, y desde una perspectiva completamente subjetiva y personal, yo desde luego tengo claro que escogí bien al comprármela en su momento. En una época en la que los usuarios no podíamos tener todas las consolas y había que elegir (y por tanto, eso suponía perderse jugar a tales o cuales juegos), a mí me compensa haberme perdido las experiencias que tuvieron los afortunados poseedores de una Playstation si eso significa que pude jugar a tantísimas otras obras maestras, que tanto y tan bien me marcaron. Con el tiempo pude hacerme con una PS2 y disfrutar de la siguiente hornada de Metal Gear, Gran Turismo y Final Fantasy, que heredaban casi todo lo bueno de sus predecesores y mejoraban de manera espectacular la técnica. Tengo claro, insisto, que haberme perdido Super Mario 64, Ocarina of Time o Goldeneye 007 hubiera sido un daño irreparable en mi formación como jugador, del mismo modo que me hubiera dado de cabezazos contra la pared de no haber podido disfrutar en épocas posteriores de clásicos como Shadow of the Colossus, ICO, Journey, The Last of Us y tantos otros en las consolas de Sony, al tiempo que eso suponía perderse, y no creo que fuera tan traumático, los grandes juegos de Wii, tipo Mario Galaxy.

Aunque no fue la última gran consola de Nintendo (para mí Gamecube tiene ese gran honor, pero ese es tema para otro momento), Nintendo 64 sí supuso para mí mucho más que una simple consola de videojuegos. Fue la entrada a un mundo nuevo de posibilidades e ideas que lo cambió absolutamente todo, plagada de obras maestras y de juegos inolvidables cuyo legado permanece intacto hoy en día. Puede que a nivel técnico muchos de aquellos títulos parezcan estar muy desfasados, pero si para aquellos capaces de dejar a un lado ese prejuicio gráfico, las tiendas virtuales ofrecen a día de hoy la posibilidad de revivir varios de aquellos clásicos a un precio bastante razonable. Merecen la pena, como en su momento lo mereció una consola que para muchos fue más que eso desde su mismo lanzamiento: toda una leyenda.

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