La séptima generación será recordada por mí siempre con un cariño bastante especial, ya que fue aquí donde probé por primera vez algunas de las experiencias que definieron mi concepto de next-gen, abandonando algunos de los vicios y hábitos de generaciones anteriores. Fue la primera vez que experimenté el modo online con cierta regularidad, que disfruté del concepto de los trofeos como premio a la perseverancia con ciertos juegos, o que vi que el apartado técnico comenzaba a marcar una diferencia bastante salvaje con todo lo visto hasta entonces con la llegada de la alta definición.

Evidentemente, todo esto se habría quedado en muy poca cosa de no haber sido por una colección de títulos con los que disfruté de lo lindo. Podría haber incluido aquí muchos de los momentos que recuerdo con ellos, como la escena de la bomba atómica en Modern Warfare, recorrer Venecia en una góndola en Assassin’s Creed II, sacar la espada maestra con Link en Skyward Sword alzando mi propia mano al cielo, flotar en gravedad cero con Mario en Super Mario Galaxy y tantos otros, pero finalmente me he decantado por estos diez momentos de diez juegos que considero obras maestras en sus respectivos géneros.

10.- La entrada a Jerusalén (Assassin’s Creed)

Quizá la primera gran experiencia que tuve en la generación, las andanzas de Altair por tierra Santa me pusieron los pelos como escarpias, y nada mejor que el momento en el cual entramos por primera vez en la ciudad de Jerusalén, con diferencia la más importante de todo el juego. Fue atravesar los muros de la ciudad, camuflado entre esos monjes en actitud de falso rezo, y sonar el tema de Jesper Kyd con cánticos en latín, y supe que estaba jugando a algo que jamás había visto antes.

Puede que de toda la franquicia sea el juego que, lógicamente, más y peor ha envejecido, pero lo cierto es que aquella fue la primera vez que el mundo medieval apareció ante los jugadores en semejante esplendor, con esa recreación fiel de armas, armaduras, credos y religiones, con una arquitectura y un diseño de ciudades soberbio, y un apartado sonoro, de doblaje y banda sonora, tan asombroso. Penetrar en los muros de Jerusalén fue el inicio de una larga relación entre esta saga y yo, que sigue vigente a día de hoy gracias a momentos tan llenos de magia, misterio y emoción como aquel, porque en aquella época estaba asomándome al umbral de lo que parecía un mundo de enormes posibilidades, como así fue.

9.- La final del Open USA (Virtua Tennis 4)

La saga Virtua Tennis me ha tenido bastante enganchado desde su segunda entrega, que pude disfrutar en PS2 hace ya más de dos décadas. Sin embargo, fue con la llegada de la cuarta entrega, ya en PS3, cuando de verdad pude disfrutar de una experiencia mucho más depurada, con un modo carrera en el que íbamos mejorando parámetros de nuestro jugador, atravesando diferentes torneos y minijuegos bastante bien realizados, y donde lógicamente había cuatro puntos clave: Roland Garros, Australia, Wimbledon y el Open USA, que actuaba como escenario final con un apasionante duelo con Djokovic (yo jugaba con Nadal, evidentemente).

Decir que aquel partido fue épico es quedarse corto: la dificultad iba en aumento, siendo este torneo, y en concreto la final, el más largo, complejo y desafiante de todos, con un Djokovic que devolvía literalmente todo y que nos obligaba a exprimir nuestra técnica al máximo si queríamos arrancarle siquiera un juego. Evidentemente que nada tiene que ver este tipo de tenis con un simulador, y que la esencia arcade está desde el primer momento bien clara, pero aun así este partido me costó sangre, sudor y lágrimas, hasta el punto de repetir no menos de diez veces dicho modo al completo para poder experimentar este partido, Virtua Tennis en estado puro. Qué grande era Sega cuando era grande.

8.- «El hombre elige, el esclavo obedece» (Bioshock)

Puedo ponerle todos los peros que se le quieran a Bioshock Infinite, pero lo que es innegable es que el primer Bioshock es una maldita obra maestra. Todo en este juego es un absoluto acierto, desde su aterradora e hipnótica ambientación en la ciudad sumergida de Rapture, pasando por su galería de auténticos freaks de la psicopatía que la pueblan, sin olvidarnos del carisma de los Big Daddies y lo inquietante de las Little sisters.

Sin embargo, hay un elemento que destaca por encima de todos, incluso de su magistral argumento, y es el papel de Andrew Ryan como villano de la función. Este maestro de ceremonias del horror es una figura más bien fantasmal durante casi todo el título, pero cuando aparece se convierte en el robaplanos más descarado de la historia del videojuego. Su escena es tan fascinante como sugerente, y obliga a replantearse al jugador todo tipo de cuestiones sobre su propia moralidad y su papel en la trama, con aquella máxima tan poderosa que esgrime mientras muere cruelmente bajo nuestras manos: el hombre elige, el esclavo obedece. Qué barbaridad de juego.

7.- Retorno a Shadow Moses (Metal Gear Solid IV: Guns of the Patriots)

Guns of the Patriots estaba pensado en origen como el cierre absoluto de la saga Metal Gear, y a fe que, visto lo visto, debería haberlo sido. Es un juego plagado de momentos colosales (y sí, también tediosas secuencias cinemáticas), con una atención casi enfermiza por el detalle y por atar todos los cabos existentes, que no eran pocos, de una de las tramas más convulsas que recuerdo en toda la historia del videojuego, con permiso de Kingdom Hearts.

En concreto, el momento con el que me quedo es uno que tiró de nostalgia de la buena para crear una situación que enloqueció absolutamente a todo el personal. Me refiero, cómo no, al momento en el que la trama lleva muy convenientemente a Snake de vuelta a Shadow Moses, escenario del primer Metal Gear Solid. Ver aquellos pasillos laberínticos con toda la potencia que PS3 era capaz, con aquella solidez como nunca tuvo en su primera versión, es algo que nos hizo a más de uno y a más de dos desear un remake que quizá no esté tan lejano. En cualquier caso, bravo, Kojima, por regalarnos ese nivel, y ese juego, que constituye el mejor homenaje a una saga eterna y a un personaje inolvidable.

6.- La batalla contra Poseidón (God of War III)

God of War y su secuela habían roto moldes en la segunda Playstation, con dos entregas que a muchos nos hicieron replantearnos si era realmente necesaria la séptima generación. Por si acaso a alguien le quedaban dudas, en 2009 apareció Kratos con sus espadas del caos en ambas manos para repartir estopa de lo lindo en pleno Olimpo, escenario climático donde a las puertas de cuya batalla nos quedamos al final de la segunda entrega, y que aquí comenzaba nada menos que dándonos de castañas con el mismísimo Poseidón.

El rey de los oceános desplegaba todas sus malas artes, caballos acuáticos incluidos, para dejarnos bien claro que esto en una PS2 explotaría de puro dolor poligonal. Ver los efectos de agua, las partículas y la iluminación del dios ante nosotros fue algo de lo que, particularmente yo, no me recuperaría (y creo que el juego tampoco), ya que competir con este nivel de epicidad es solo algo al alcance de los dioses. Menuda forma más colosal de comenzar una producción triple A.

5.- El tren (Uncharted 2: Among thieves)

No sé si por aquello de ser el primer juego de la franquicia que tuve el placer de jugar, o porque me sirvió para estrenar la PS3, o porque realmente es una de las obras maestras de Naughty Dog, pero Uncharted 2 me ha parecido siempre el mejor de toda su franquicia, un título lleno de momentos memorables donde por encima de todos destaca esta secuencia del tren donde el bueno de Nathan Drake debe llegar desde el furgón de cola a una cabina de lo más solicitada (y poblada) de salvajes soldados armados hasta los dientes, helicópteros kamikazes y todo tipo de trampas para nuestro mayor deleite.

La escena del tren lo tiene todo, y pone a prueba todas y cada una de las habilidades de nuestro personaje, que debe trepar, escalar y combatir sin apenas tiempo para respirar (o dejarnos a nosotros respirar, que es mucho más grave). Es emoción, adrenalina e intensidad a raudales como ninguna otra en la saga, y quizá conscientes de ello, Druckmann y compañía le dieron una importancia capital al asunto, colocándolo como episodio central en la trama, y haciendo convenientes flash-backs ya desde el principio del juego, cuando amanecemos colgando de uno de sus vagones en un inmenso precipicio. De locos.

4.- Marston contra todos (Red Dead Redemption)

Red Dead Redemption fue una de las sorpresas más agradables que Rockstar nos dio en aquella generación, donde no me olvido del también soberbio GTA V y su inolvidable colección de personajes. Sin embargo, entre los dos me quedo con este momento, la última escena del salvaje oeste, donde el pobre John Marston, después de una cantidad indecente de horas trabajando como agente infiltrado, debe hacer frente a toda la hipocresía de una sociedad que lo necesita para limpiar nuevo México de ratas para después considerarlo el rey de las ratas y acorralarlo en esa granja en la que también nos hemos dejado el lomo.

Como último acto heroico, Marston manda a su familia lejos de allí mientras él, con sus dos santas narices, hace frente a toda la horda de agentes de la ley que lo esperan para darle una cálida bienvenida. Es la última vez que podemos hacer uso del tiempo bala, en un acto conscientemente inútil del destino que nos espera. Fue tal el impacto de esta escena, tal su legado posterior, que no pude dejar de pensar en ello cada vez que Marston aparecía en la secuela o, ya en su último acto, se convertía en el eje de la trama en forma de precuela de todo este homenaje al Western clásico que es RDR. Qué forma tan extraordinaria, y coherente con su narrativa general, de cerrar un título inolvidable.

3.- El instituto (The Last of Us)

Justo antes de que pudiéramos dar por cerrada la generación, va Naughty Dog y nos deja a todos con la boca abierta con esta obra maestra llamada The Last of Us, donde le da una más que bienvenida vuelta de tuerca al manido tema del apocalipsis zombi para convertirlo, con diferencia, en una de las historias más apasionantes que he tenido el disfrute de jugar en un videojuego.

Las andanzas de Joel y Ellie con la búsqueda para una cura del virus que está infectando a media humanidad y convirtiéndolos en geranios con mala leche nos lleva de una punta a otra de Estados Unidos, con una parada especial en un instituto cuyo episodio por sí solo podría constituir uno de los mejores capítulos de The Walking Dead (cuando The Walking Dead era una buena serie, claro). Desde los pasillos y taquillas hasta los laboratorios, con el comedor o esa escena final en la cancha de baloncesto con un infectado de los gordos, todo en ese centro de secundaria es para salir corriendo, convirtiéndose en uno de los mejores momentos de un juego donde, de verdad, es complicado elegir.

2.- La misión suicida (Mass Effect 2)

Mass Effect es una trilogía absolutamente imprescindible en la séptima generación, por todo lo que supuso en cuanto a originalidad sobre las tramas abiertas y las opciones para el jugador, planteamiento de temas morales o de relaciones entre personajes. Más allá de su soberbia ambientación futurista, que supo recoger los mejores elementos de Star Trek, Battlestar Galactica y Star Wars para llevarlos a terrenos cualitativamente superiores en no pocos aspectos, lo cierto es que su segunda entrega se ha convertido en el título de culto dentro de la trilogía por merecimiento propio.

Y esto no es solo por lo acertado de sus diálogos, la perfecta construcción de personajes o su extraordinario ritmo narrativo, sino por una escena que supone una de las cumbres del género de acción estratégico de la generación. Estoy hablando de la misión suicida, la última de un juego plagado de momentos épicos hasta la saciedad, pero que aquí conoce una cumbre que ni Bioware ha podido superar después. El comandante Shepard debe ir escogiendo qué miembros de su nutrida tripulación debe encargarse de según qué tareas. En función de nuestro vínculo con ellos dichas misiones secundarias pueden terminar con todos volviendo a casa para librar una nueva batalla o con un cementerio bien poblado, y es precisamente esa conciencia, la de estar arriesgando incluso nuestro propio pellejo, lo que hace de esta misión, más allá de su perfecta estructura y extraordinario sentido de la acción, lo que la lleva a ser uno de los mejores momentos de toda una generación. Y qué decir de la música que lo acompaña…

1.- El vuelo final (Journey)

Journey se convirtió en 2012 en toda una sorpresa. Justo cuando creíamos que lo habíamos visto casi todo, sale Thatgamecompany y se saca de la manga esta maravilla de apenas dos horas de duración en la que controlamos a un misterioso peregrino cuyo único objetivo en la vida parece ser dirigirse a una altísima montaña que se dibuja durante todo el juego al fondo de nuestro trayecto.

La belleza de sus escenarios, la magia de la partitura de Austin Wintory o la extraordinaria dirección de arte y jugabilidad del título, que a esas alturas ya habían rozado la perfección por terrenos desérticos o ruinosos, se convierte en un éxtasis difícilmente descriptible con palabras cuando llegamos a la apoteosis final, ese último vuelo que el personaje emprende hacia la cumbre nevada de la montaña mágica, con la banda sonora haciéndonos llorar de pura emoción y la comprensión final del motivo del viaje, del sentido de la vida, de la metáfora tan maravillosa con la que este equipo ha pasado a la historia del videojuego, gracias en buena medida a ese final climático que nos hace comprender, de pronto, el profundo significado de un título que hasta ese momento podíamos haber cometido el error de considerar menor.