A pesar de mis quejas habituales, lo cierto es que la octava generación está a poco menos de un año de finalizar oficialmente y mentiría si dijera que no voy a llevarme muchos y grandes recuerdos de juegos que han pasado por mis manos en ella. No he podido resistirme, por lo tanto, a hacer un repaso de 10 momentos inolvidables para mí, aunque soy bien consciente de que aún faltan por lo menos tres grandes títulos por probar antes de que lleguen las nuevas consolas: The Last of Us parte 2, Final Fantasy VII Remake y Cyberpunk 2077 (aunque con este último aún no tengo claro si es mejor esperar a verlo en una consola superior a PS4, pero en fin…)

Sea como fuere, y por mucho que estos tres títulos puedan añadirse a esta lista en una futura revisión, yo de momento me quedaría con los siguientes (aviso de SPOILERS, por cierto):

10.- Escalar la Pirámide de Keops (Assassin’s Creed Origins)

Assassin’s Creed Origins es un pequeño milagro dentro de una franquicia que estaba de capa caída, después de un desgaste evidente durante más de diez años de títulos clónicos que no hacían más que repetir la misma fórmula una y otra vez. La entrega de 2017 introdujo nuevas ideas, sanas influencias de otros juegos y le aportó la dosis de seriedad a un asunto que estaba pasando de castaño a oscuro de un modo ejemplar.

Además de ello, Ubisoft acertó de pleno al elegir una ambientación que de nuevo (y por fin) nos trasladaba a ese imaginario fascinante de la saga, esa antigüedad histórica llena de misticismo y secretos insondables como el Egipto faraónico. Recorrer con Bayek los océanos de arena y vislumbrar las cumbres de las pirámides fue casi tan fascinante como escalarlas y contemplar en toda su gloria el enorme trabajo de ambientación del juego, sin duda uno de sus puntos más fuertes. Ahí de puntillas, sobre la cumbre de Keops, con un imponente atardecer cayendo sobre el horizonte, recuperé todo el sabor de una franquicia que no por casualidad me enamoró hasta el tuétano en la anterior generación.

9.- Derrotar por primera vez a un Thunderjaw (Horizon Zero Dawn)

Horizon Zero Dawn es un juego plagado de virtudes, que solo tuvo la mala fortuna de aparecer al mismo tiempo que la última entrega hasta la fecha del elfo más famoso de Nintendo. En cualquier caso, esta obra maestra de Guerrilla Games nos trasladó a un futuro distópico donde la humanidad se enfrenta a su ocaso en medio de una serie de paradojas tecnológicas, donde brillan con especial carisma unas criaturas a medio caballo entre la naturaleza salvaje y la peor de las pesadillas de Skynet.

Y de todas ellas, ninguna otra como esa especie de Tiranosaurio llamado Thunderjaw, armado hasta los dientes con lásers, misiles y todo tipo de cañones que se unen a un aspecto de lo más imponente. Derrotarlo y verlo morder el polvo por primera vez a manos de nuestra querida Aloy es, con diferencia, uno de los momentos más épicos de toda la generación.

8.- La batalla de Hoth (Star Wars: Battlefront)

No es ningún secreto en esta página mi amor declarado por la saga (clásica) de Star Wars, y por ello, el ya lejano lanzamiento de la nueva entrega de Battlefront en 2015 estuvo lleno de expectativas por mi parte, siendo ya conocido que estaría ambientado únicamente en la trilogía original (1977-1983). En plena fiebre cinematográfica por las mamarrachadas de los episodios VII, VIII y IX, fue todo un alivio poder ver que en EA se prestaba más atención a captarnos a nosotros, aquellos viejunos que en su momento soñábamos con agarrar un bláster y lanzarnos a las nieves de Hoth a combatir al imperio galáctico.

La recreación que se hizo de semejante batalla en Battlefront compensa con creces sus (muchos) defectos. Es una batalla colosal, plagada de detalles y que rememora todos y cada uno de los detalles que recordamos de la película, y que deseábamos vivir de aquella manera tan intensa. Es uno de los momentos más épicos del juego, y de la generación, ver cómo los imponentes AT AT se aproximan a la base rebelde, en mitad del fastuoso y apabullante apartado sonoro y musical, que a mí personalmente me puso los pelos de punta y la lágrima nostálgica en la retina. Qué maravilla.

7.- La conversación con la hermana Calderón (Red Dead Redemption 2)

A pesar de sus indudables virtudes, a mí personalmente Red Dead Redemption 2 no me pareció la absoluta maravilla que se dijo en su momento, y me parece que se queda varios pasos por detrás de su predecesor en impacto y legado. Sin embargo, y en uno de los arranques de emotividad más inesperados por mi parte hacia una obra de Rockstar, conocida como es por su poca sutileza para este tipo de asuntos, hay una conversación entre el protagonista y la hermana Calderón donde este le reconoce su enfermedad y ciertos traumas del pasado que le atormentan, junto con la idea de una muerte que ve cada vez más cercana y que le aterra.

Al enorme, inmenso, trabajo de actuación de Roger Clark como el bandolero Arthur Morgan, se le une un no menos talentoso trabajo por parte de unos animadores que en el momento clave son capaces de reflejar en la mirada de Morgan el brillo húmedo de la tristeza y la angustia existencial, algo que me dejó completamente clavado en el sitio (casi se me cae el mando al suelo), ya que jamás había presenciado nada parecido en un videojuego. Con diferencia, lo mejor del título sin ninguna duda, y uno de los momentos más impactantes de la generación. Momentos como este son los que demuestran el merecido triunfo de una compañía que todo lo que toca lo convierte en oro.

6.- Balancearse por Nueva York (Marvel’s Spiderman)

Nunca he sido demasiado fan de los videojuegos de súper héroes (excepción hecha de la saga Arkham, evidentemente), y en concreto nunca he terminado de dejarme convencer por ninguna de las muchas propuestas que el hombre araña ha tenido en prácticamente todas las generaciones de consola. Sin embargo, creo que es de justicia señalar el caso de este Marvel’s Spiderman con el que Insomniac Games demostraron lo bien que se les da hacer este tipo de juegos, dinámicos y directos. Y en concreto, a las muchas y variadas cualidades de este título sumaron una en concreto que para mí es la más satisfactoria de todas, por encima de su competente argumento y apatado técnico y jugable: el balanceo.

Es un auténtico placer desplazarse por Nueva York balanceándonos de un lado a otro, con una cámara casi perfecta y una sensación de velocidad, altura y vértigo que nos pone directamente en la piel de un personaje que con títulos como este no hace sino acrecentar su leyenda. Tengo que reconocer que a veces jugaba simplemente por el placer de ir de un lado a otro tirando telarañas y escuchando por la radio a ese tronchante Jonah Jameson: el videojuego hecho placer, simple y llanamente, pero un placer en este caso inalcanzable en generaciones anteriores.

5.- Encontrar el barco de Henry Avery (Uncharted 4)

En Naughty Dog saben, sin duda, hacer las cosas realmente bien, y aunque Uncharted 4 no fuera quizá el título que yo esperaba de ellos en esta generación (pues ya nos dieron, y con un inmejorable recuerdo, la trilogía de Nathan Drake en PS3 para mayor gloria de la propia compañía), no es menos cierto que A Thief’s End es una absoluta barbaridad a nivel técnico y jugable, con un diseño de niveles soberbio y una trama apasionante de principio a fin.

La inteligencia del juego no es deslumbrarnos con nuevas ideas, eso es cierto, sino darles una forma que seguramente sería impensable en el sistema anterior y que aquí cobra una dimensión a la altura de la leyenda de la franquicia. Las aventuras de piratas, con diferencia la fantasía de todo niño que se precie, adquiere una forma colosal en esa magnífica, impresionante ciudad llamada Libertalia (a ella pertenece la imagen principal de esta entrada), donde Drake, Sully y compañía deambulan con nosotros como si estuviéramos en el mejor parque de atracciones. Y el mejor momento es, sin duda, cuando ya al fin alcanzamos el barco del tesoro, donde descansan los últimos misterios de Henry Avery. Verlo en ese magnífico contrapicado mientras hacemos una de nuestras escaladas imposibles me recordó, una vez más, por qué adoro esta compañía y todo lo que hace.

4.- El duelo final contra Chai (Shenmue HD Remastered)

Por más que Shenmue pertenezca, cronológicamente, a un espacio algo indefinido entre la quinta y la sexta generación, yo por desgracia no he podido conocerlo hasta esta octava, cuando Sega nos trajo un algo chapucero remaster en HD de las dos primeras entregas de la franquicia. Fue entonces cuando pude comprobar de primera mano todas y cada una de las virtudes de un título justamente encumbrado, un auténtico adelantado a su tiempo que solo en algunos aspectos necesitaría retoques (y no precisamente técnicos).

Y de todos los grandes momentos de un juego absolutamente magistral (sé que todos estáis pensando en la batalla contra los 70 Mad Angels, sin duda), yo prefiero quedarme con el enfrentamiento final en el puerto de Yokosuka, donde el taimado Chai nos intenta impedir por última vez que nos hagamos al mar en busca de la cumplida venganza que prometimos al principio del juego. Es un momento arrollador por todo lo que implica de poner en práctica todos y cada uno de los movimientos de ataque y defensa que hemos practicado desde el inicio del juego, donde de algún modo cristalizan todos nuestros esfuerzos y sufrimientos por ese pasaje hacia tierras chinas donde aguarda el auténtico villano de la saga, pero que este duelo retrasa de una manera épica, espectacular y realmente compleja. La satisfacción de la victoria se ve aumentada, además de por la dificulta de un Chai realmente duro de batir, por ser no solo la guinda final de este primer juego, sino porque debemos demostrar que todo el esfuerzo previo hasta ese momento ha merecido la pena. Y vaya si la mereció.

3.- El secreto de Atreus (God of War)

God of War es, quizá, el título con el que más he vibrado en toda la generación. La crudeza de sus combates, la arrolladora personalidad de sus personajes principales y la maestría narrativa del equipo de Cory Balrog para poner en escena todos y cada uno de los enigmas de la mitología nórdica son, sin embargo, empequeñecidos por una revelación final que nos deja a las puertas de una secuela que espero con auténtica impaciencia.

(Reitero una vez más: aviso de SPOILER) Atreus, el niño que nos ha acompañado desde el principio del juego, ese hijo de Kratos maleducado, egoísta y caprichoso, se revela nada menos que como Loki, en uno de los puntos de giro más apasionantes que he presenciado jamás en un videojuego. Hay más revelaciones en esos tapices que vemos en el tramo final del epílogo, pero ninguno puede competir con la sensación de que estamos presenciado el Ragnarok con el propio Loki como desencadenante, en escenas que de repente hacen que todo lo presenciado hasta ese punto encaje como un guante y nos proyecte a futuras entregas que prometen, como mínimo, dejar esta nueva trilogía en una altura superior a la precedente. Y eso, en el caso del dios de la guerra, es mucho decir.

2.- La prueba salvaje (The Legend of Zelda: Breath of the Wild)

Breath of the Wild es, seguramente, el juego con el que más he disfrutado en toda la generación en casi todos los sentidos, y el que me ha devuelto la esperanza en una franquicia que, a pesar de sus indiscutibles virtudes y ventas, para mí estaba atascada en la sombra de Ocarina of Time. La nueva entrega sirvió, además de para catapultar a la flamante Switch, para demostrarnos que en Nintendo han escuchado las críticas de anteriores títulos y que, al fin, estaban dispuestos a arriesgarse. Este juego es tan apabullante, tan asombroso y tan rebosante de calidad, que ha sido realmente duro escoger un único momento.

Me quedo, sin embargo, con la prueba de fortaleza de la isla Fortia, a la que llegamos plenos de recursos y que, sin embargo, nos despoja de todo para dejarnos a merced de unos elementos que creíamos estar empezando ya a dominar. Recorrer la isla en busca de sus tres orbes nos obliga a estrujarnos los sesos para sacarle partido a las, literalmente, cuatro cosas que podemos encontrar por la isla para vencer a enemigos muy superiores, pero que también nos recompensa con una satisfacción que ya no volvemos a sentir en todo el juego: que en este Zelda no todo consiste en agarrar la espada maestra y liarse a mamporro limpio con el primero que pase, que aquí la libertad de acción es algo que debemos ganarnos a pulso, una libertad como nunca antes había vivido en esta saga y que tuvo en la isla de la prueba salvaje su punto culminante en un juego plagado de instantes para el recuerdo.

1.- Pedirle a Trico que se marche (The Last Guardian)

No puedo evitar sentir una devoción especial por Fumito Ueda, sus juegos para PS2 y este enorme, maravilloso, título con el que se despidió de Sony en 2016, tras casi diez largos años de tortuoso desarrollo. The Last Guardian va mucho más allá de las convencionalidades de los juegos de hoy en día para contarnos una historia llena de emotividad, en un entorno tan fascinante y lleno de secretos como el Nido, donde una misteriosa deidad lleva a cabo sacrificios empleando técnicas de control mental sobre unas criaturas mitológicas.

Precisamente una de estas criaturas, llamada Trico, se convertirá en nuestro mejor aliado para escapar con vida de un Nido cuyo complejísimo diseño, digno del mejor laberinto, es solo comparable a la belleza de sus ruinas y paisajes. Es tal la cantidad de retos a los que nos enfrentamos que para cuando termina, el vínculo que hemos establecido con Trico es algo incomparable en la historia del videojuego. Hay algo realmente especial en la amistad entre Trico y el niño, de modo que en la escena final, cuando este nos conduce de vuelta a nuestra aldea natal y nos deja en brazos de nuestros familiares, nos vemos obligados a darle una última orden, la más dulce y dolorosa de todas, pues supone al mismo tiempo salvar al animal de una muerte segura pero también perderlo para siempre de nuestras vidas.

Trico obedece, alza el vuelo y se pierde en la inmensidad del cielo, mientras nosotros nos quedamos con el mando en las manos, los ojos en lágrima viva y la sensación de que hemos asistido a algo irrepetible, en esta y en ninguna otra generación.