Se cumple una década del lanzamiento de la consola de Nintendo que más ha vendido en toda la historia de la compañía, Wii. Este dato, quizá un tanto frío, es el que se suele argumentar a la menor ocasión cuando se habla de los triunfadores y perdedores de la séptima generación, que durante los años 2006-2013 llevó a Playstation 3, Xbox 360 y la ya citada Wii a batirse el cobre por las ventas, siendo esta última la que, con una diferencia considerable (en torno a 20 millones de consolas), se coronó como la reina en ventas.

Más allá de esos más de 100 millones de consolas vendidas, si Wii se planteó como una revolución en el sector del videojuego fue por una apuesta por un sistema de control basado en la detección, mediante un sensor de movimiento, de las acciones de los jugadores, que eran trasladadas a los juegos y nos permitían realizar, por ejemplo, acciones deportivas o épicas al tiempo que nuestros avatares digitales nos daban réplica. Nada tuvo más impacto, ni fue más oportuno, que la presentación de la consola en el ya lejano E3 de 2005. Aquella demo en la que los representantes de la compañía jugaban al tenis con el celebérrimo Wii Sports es, con diferencia, uno de los más felices momentos de Nintendo de la última década: claro, directo y simple, el mensaje caló hondo y se llevó de calle a un público que, hasta entonces, se había mantenido tradicionalmente alejado de los videojuegos, como el sector femenino y masculino a partir de la juventud/adolescencia.

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La idea de Wii (que jugaba con el sonido del pronombre inglés de primera persona del plural, We) era realmente original, y eso es algo que no se le puede negar, más allá de una precisión más que dudosa en aquella primera hornada de títulos, con el infame Red Steel como punta de lanza de un catálogo que no terminaba de darle al público más hardcore lo que realmente pedía.

A diferencia de lo que había ocurrido con sistemas anteriores, Wii apostó por un apartado técnico bastante discreto (que era poco menos que una leve mejora del empleado para Gamecube), y lo fió todo a la suerte de unos mandos bastante curiosos, los Wiimote y sus correspondientes Nunchuks, que tuvieron algunas aplicaciones bastante curiosas en títulos meritorios como Metroid Prime 3: Corruption (y la subsiguiente Metroid Prime Trilogy, que adaptaba de forma excelente el control por movimiento de los juegos oiriginales de Gamecube), una buena versión de Resident Evil 4 y Zelda: Twilight Princess, la fenomenal puesta al día de Punch Out!, el descacharrante shooter on rails House of the Dead: Overkill, la más que digna secuela del mencionado Red Steel, mucho más acertada que la primera, etc. No era una lista demasiado larga, pero al menos permitía “ir tirando” a unos fans que necesitaban mucho más que eso o la avalancha de títulos mediocres que pronto comenzaron a saturar el catálogo de auténticas memeces.

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Los megatones llegaron de forma más discreta en lo que al sistema de control se refiere, empezando por unos magistrales Mario Galaxy 1 & 2 cuyo uso del sensor de movimiento era casi nulo, fiándolo todo a unos controles mucho más clásicos de lo que puede parecer en un principio, un Mario Kart Wii que arrasó en ventas pero que tenía un sistema de control por giroscopio auténticamente nefasto (menos mal que permitía todo tipo de controles), y hubo que esperar al ocaso del sistema, nada menos que a las navidades de 2011, para encontrar al auténtico cumplidor de la gran promesa de Wii: Zelda Skyward Sword. Al margen de que como título de la saga tenga sus reparos, lo cierto es que la inmersión del sensor del control es alucinante, gracias a la mejora sustancial del Wii Motion Plus que Nintendo fabricó para enmendarse la plana a sí misma. Es una lástima que los logros obtenidos por esta entrega de Link no fueran la norma, porque de lo contrario habría habido muchos más clásicos en un catálogo en el que, salvo los ya citados y los inmortales Smash Bros Brawl y alguna que otra joya escondida, no hay por desgracia mucho más que poder rescatar de un olvido más fuerte de lo que cabría pensar, dado el éxito de la consola.

Y es que, a fin de cuentas, el éxito de Wii no se trasladó a sistemas posteriores (Wii U ha terminado vendiendo más de 10 veces menos que su predecesora, con la que quizá comparte demasiado, empezando por el confuso nombre). Ese público casual ha volado a otros sectores de entretenimiento que poco o nada tienen que ver con los bolos de Wii Sports Resort, y se trasladó a otros sistemas en busca de esos juegos que Wii no supo o no pudo ofrecerle, empezando por todos los triple A multiplataforma que, o no llegaban, o si lo hacían era con versiones claramente inferiores a las de Xbox 360 y PS3.

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Wii fue un experimento realmente extraordinario en su concepto y mucho más limitado que lo que muchos fans quieren admitir en cuanto a impacto real en la industria y legado posterior. Sí, es cierto que obligó a Sony y Microsoft a mover ficha y a sacarse de la manga esos plagios más o menos descarados que eran PS Move y Kinect, pero con todo y con ello no hay más que ver en qué ha quedado todo ello (lo de Move reconvertido para la realidad virtual, y Kinect absolutamente desaparecido del mapa), para darse cuenta de que aquello tuvo más de moda que de visión determinante de futuro.

Debo reconocer que en un primer momento me atrapó toda la parafernalia de periféricos que sacaron para el sistema, con aquel Wii Balance Board para ponerse en forma a la cabeza de las curiosidades (caras) que terminaron cogiendo polvo en el armario, pero si recuerdo el sistema con cariño fue por ese puñado de títulos imprescindibles que, por suerte, he podido seguir disfrutando posteriormente en mi Wii U, que heredó mucho de lo bueno de aquel sistema ahora ya de aniversario, todo un hito, pese a quien le pese, en la trayectoria de una compañía que en pocos meses tiene que sacarse nuevos ases de la manga si quiere seguir dando la nota en este particular escenario.

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